Despertó intranquilo, como si hubiese olvidado sonreír. Esta intranquilidad lo acompañó a todas partes, ya sea en forma de mueca, o sonrisa forzada. Mientras miraba por la ventana de su auto, la brisa le resultó molesta, y escupió por la ventana antes de cerrarla. No tenía a quién echar la culpa de su malestar, y tampoco podía permanecer en casa hasta averiguarlo. No estoy amargado, pensó al bajarse del auto. Pasó junto a un basurero repleto, arrojó una botella y derrumbó su contenido. Al reír por el incidente descartó la amargura como el origen de su intranquilidad. Ya en el trabajo, lo importante era no provocar preguntas, por lo cual hundía su mentón contra su pecho al firmar cualquier papel; era extraño, pero ciertos documentos le resultaban terriblemente agradables, y sonreía histérico mientras aceptaba o negaba tal solicitud. La vida de un parqué pasó bajos sus manos en una de esas risas.
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