Influencia: manéjese con (preocupación) precaución

Como escritor, leer, más que una costumbre, es algo vital. Y cuando se lee algo que fluye con naturalidad, es comprensible nuestro afán de leer más de ese autor. Lo peligroso es cuando, al soltar el libro y retomar la escritura, nos encontremos tratando de lograr el mismo tono del autor. Es normal percibirlo al tercer o cuarto texto, y notar la ausencia de nuestro estilo. ¿Qué hacer en ese caso?

Dos consejos que he practicado y comparto:

  • parar la lectura de ese autor por un momento, y tratar de explicarnos por qué nos gusta tanto. Y después de obtener una respuesta lógica, evitar pensar que su estilo es mejor, y en cambio notar las diferencias, y trabajar en nuestras propias fortalezas. (Él podrá ser mejor pero, ¿es el mejor escritor del mundo? Bah! La perfección no existe 😉
  • entregarse por completo a esa influencia y escribir con placer. Sentir esa empatía/sintonía con el autor y agregar nuevas palabras a su voz… Y después de ese frenesí literario, releer nuestros textos anteriores y reflexionar. No es plagio, pero se siente algo parecido, y quizás ese tipo de escritura llegue a gustar. Además, no es lo mismo cuando alguien señala la similitud entre otro autor y nosotros. Es muchísimo más humillante admitir que se ha escrito bajo la influencia de otro autor, pues no damos muestra de creatividad para la redacción, sino para parafrasear. Y no pues. La literatura necesita autores…que las intertextualidades las encuentren los críticos literarios.

Mis ejemplos de influencia:

  • La primera vez que leí a Raymond Carver, tuve la impresión de asistir con retraso a la reinvención de la escritura. Leerlo fue algo mágico y esperanzador. Por supuesto, volqué ese entusiasmo hacia un texto…se lo enseñé a mi profesora de Literatura en un taller literario…y ella de una capó la influencia Carveriana. Fue algo emocionante pero luego caí en cuenta en mi propia capacidad como autor.
  • Cuando empecé a leer la primera novela de la tetralogía de Mishima El mar de la fertilidad, ya más consciente con lo de Carver, en un momento dado dejé el libro, agarré un esfero y zás, comencé a escribir con el aliento de Kiyoaki. Salió un pequeño cuento y me sentí totalmente aliviado, y pude volver a leer en paz, y a la hora de escribir, ya no me preocupaba el parecerme a Mishima o no.
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