Me descubrí frente a la controversial vitrina, la celda transparente de una mujer desnuda. Inmediatamente golpeé la posible puerta, señalando una silla a su izquierda. Ella río, mirando algo detrás mío. Retrocedí, esperando que alguien se acercara a decirme salude a la cámara escondida, pero unos gritos ahogados cerraron mis ojos y llevaron mis manos a las orejas. Antes de regresar a ver, supe que detrás de mí estaban mis compañeras del instituto. Sentada desde la cama, observé cómo reaccionaron las chicas ante la inesperada visita del chico: gritos, risas, cejas fruncidas, golpes de codo y labios apretados. Fingí no darme cuenta de su presencia, caminando de aquí para allá por la habitación, sin encontrar nada con qué tropezar.
