Al tercer muerto, la justicia le empezó a saber demasiado a crimen.
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Destapó la felicidad y se ahogó la efervescencia eufórica.
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El virus lo mató antes de ser descubierto.
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Se quitó la gorra, dejó la placa, y empezó a ejercer de criminal.
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No era un espejismo, apenas cien cisnes negros levantando el vuelo.