Un odio

Antes, el odio se me hacía algo extraño que solo pasaba en los libros. Leí grandes venganzas. Grandes por malévolas o por lo mucho que tardaban en ejecutarse. Cuando mi hermano mayor me gritaba, nunca sentí odio sino un miedo irrazonable, inofensivo. Alzaba la cabeza para ver de dónde salía toda esa voz, esa voz capaz de tumbarme, enviarme lejos, bien lejos de casa. Él me gritaba, ponía su mano sobre mi hombro y decía: No me gustaría volver a hacerlo, pórtate bien. Y yo, en efecto, me portaba bien hasta el siguiente grito. Me comenzó a gustar sus gritos desde que leí sobre los gigantes. Nunca iba a encontrar uno, pero cuando mi hermano me gritaba, era como tener un gigante al alcance de los dedos. De otra forma no parecía gigante, apenas un aprendiz de hombre. Nunca lo odié por gritarme. Lo recuerdo porque hoy me descubrí odiando a mi tía. Me sentí poderoso, y al momento siguiente tenía miedo de mí mismo. He tenido que venir a escribirlo, entre sollozos, pues luego pienso hacer una bola de este papel y patearla, patearla, patearla, patearla hasta perderla, con la esperanza de perder también este odio, tan propio, tan ajeno.

 

 

 

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