Si no tuviera el mismo nombre que mi padre

Si no tuviera el mismo nombre que mi padre, olvidaría que tengo uno. No tengo intención de parecer mal hijo (para empezar, habría tenido que ser originalmente bueno). Vivo; hago de todo y dejo tantos rastros que cualquier nombre o señal de identidad me resulta indiferente. Ni siquiera me siento dueño de mi cuerpo. En el trabajo me limito a contemplar la relación entre mis dedos y las teclas. A veces me descubro bebiendo agua del grifo, o corriendo escaleras arriba en busca de un espacio para fumar. Fumar… mi día no termina sin extinguir un cigarrillo en la boca; las últimas pitadas brindan un estado próximo a la conciencia. Entonces me pregunto cómo conseguí esos cigarrillos, ¿robados?, ¿prestados? Hasta ahora no me he sorprendido robando, y sin embargo tengo la impresión de que mis manos son aptas para el hurto. En otros espasmos de conciencia, advierto que se me insulta y se me señala con el dedo. Huyo a toda velocidad cuando alguien grita policía. ¿Acaso habré estado en prisión y desde entonces estropeé mi memoria? En ocasiones mientras viajo en autobús (o simplemente sentado en el baño) trato de recuperar, inventar alguna imagen de aquel cautiverio olvidado. A mi alrededor se reúnen varias voces, mensajeras de un ruido indescifrable, distancia de lo vivo. No es un grito especial, quizás sea una palabra nueva, preámbulo de rito o clausura. Quizás un nombre que no me dice nada, ahora; probablemente dijo algo cuando mi memoria funcionaba. Los estados más fuertes de conciencia surgen cuando me arrancan del teclado, me ponen una chaqueta y me arrastran a algún bar. Siempre me esperan varios rostros y manos arrugadas, siempre la misma conversación sobre un sujeto que no conozco. Debe ser por su piel maltrecha y el pésimo estado de sus piernas que la pequeña multitud es incapaz de llevarme frente al desconocido. Me hablan un sinfín de temas, con tal fervor que me hacen sentir culpable de no acompañarlos en el sentimiento. El rato del brindis busco consuelo en el barman, único ser que me entiende sin conocerme. (En ocasiones, por su forma de mirarme, pienso que pudimos haber sido amigos, hace muchos, muchos años). Interrumpe sin incomodar a los viejos para colocar una bebida verde y burbujeante frente a mí. Nunca deja de sorprenderme su acción, lo miro con descarada timidez. Él ríe y susurra en mi oreja: la casa invita, disfruta tu limonada fuerte. Apenas me da la espalda lo sigo con la vista, analizando las manchas de sus ropas, los innumerables parches de su pantalón. Reuniones como éstas son atravesadas por distintas euforias, unas menos furibundas que otras. Entre reclamos y alabanzas, repiten infinitamente el nombre de mi padre. Cuando me invade un profundo interés sobre la emotividad de mis acompañantes pregunto con solemnidad: ¿por qué no morí yo en lugar de mi padre? Entonces silencio. Silencio solamente interrumpido por los sorbidos de mi limonada fuerte.

Anuncios

¿Sin comentarios?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s