Kan

Cuando sentí tu presencia, detuve mis pasos. Entonces te escuché detenerte y corretear hacia alguna parte, probablemente a buscar escondite tras un árbol. Durante esos segundos, casi deseé que resbalaras en el lodo, dándome tiempo para huir yo también. Pero claro, solo yo podía ver el lodo, pues llevo mi inmundicia donde vaya. Me seguiste, y eso era más que suficiente para ponerte atención. ¿Qué otra cosa sino amor era lo que explicaba tu proceder? Solo soy un copista, uno de tantos miserables: mis zapatos no brillan, y mi gorro dista mucho de la elegancia de un sombrero. Cuando empezamos a hablar, nunca pensé que terminarías persiguiéndome hasta este bosque. -Yo no tengo futuro, pero seguramente tú quieres dejarme invadir el tuyo-, dije en voz alta, dirigiéndome hacia ti, donde quiera que te encontraras. Sacaste un pie, reluciente entre todo lo que te rodeaba. Luego aparació tu rodilla, tu vestido, y me abrazaste antes de que yo pudiese defenderme. Te estreché con lágrimas, absorbí tu sombra, te acaricié sin importar cuánto te ensuciara. Tomaste mi mano. Todo mi cuerpo empezó a temblar. Me guiaste fuera del bosque, dejando atrás ese estanque, en cuyo reflejo estuve a punto de sumergirme.

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