Una linda tarde exótica

Ella puso sus pies sobre mi cabeza hace siete siglos. No recuerdo cuál rozó primero mi frente, si su pie izquierdo o derecho. Entonces llovía, y a pesar del aguacero, ella no alegó cansancio ni pidió masajes. Estábamos sentados pies con frente. Jamás se me pasó por la cabeza ir contra su comodidad. Al contrario, me esforcé en permanecer limpio y confortable. Con los años mi sombrero empezó a resecarse. Yo estaba feliz de que al fin estuviera rígido y pesado. Ahora el viento jamás podrá tirarlo, pensé. En cierta ocasión percibí un ligero movimiento sobre mi cabeza. Temí que, de un momento a otro, sus pies terminaran sobre el suelo, y se iniciase una conversación para la cual no me sentía preparado. Los años demostraron la falsedad de ese temor. Han pasado milenios, y ahora sus pies se sostienen en mis pómulos. Con un estornudo caen sombre mis muslos, haciéndose pedazos. Empiezo a abandonarla con cuidado, al ritmo de sus ronquidos. La abrigo con mis prendas restantes, y ella por fin deja de estar estar desnuda.

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