Al otro lado del cuchillo

En estos gallineros se sobrevive como en una ratonera: asfixia causada por plumas perdidas en increíbles peleas territoriales (picotazos a ras del suelo).

De polluela, estas rejas se veían un poco más grandes. Entonces podía utilizar mis patas para aterrizar fugaces aleteos. Hoy, estas deprimentes patas apenas logran arrastrarnos a milímetros por hora.

Damos lástima cuando pasamos por verdugas: llevamos cientos de intentos de avicidios acumulados. (Si yo matara a mi vecina, ella se pudriría a mi lado, contagiándome quién sabe qué porquerías). Asesinar es una forma peligrosa de suicidarse.

La única alegría -si es verosímil tal palabra en mi pico- es la que traen consigo esos falsos granjeros al momento de estrangular gallinas minusválidas: la muerte de una gallina significa segundos para creer que estiramos las patas; alegría triste: en seguida, cinco gallinas reemplazan a dos.

Aquí entre gallinas, aun hay algo peor que perder los huevos: buscar con todo el cuerpo, la cabeza que ha caído al otro lado del cuchillo.

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