Café

Se llama café.

 

La llaman café. La conocí en uno de sus tantos paseos parquianos; yo iba colgado del zapato de ella, él iba cayéndose de la boca de él. Caímos al mismo tiempo: el encuentro de un gargajo y un chicle. Ella y él siguieron sus caminos, olvidándonos por completo, como si nunca hubiésemos formado parte de su vida. Entonces iniciamos nuestra relación, pese las diferencias, pues un gargajo y un chicle tienen lo suficiente en común para escucharse por turnos. Ignoro la forma o color del gargajo antes de ser expulsado. Por lo menos los chicles tenemos un cierto parecido a las cerillas: sufrimos una metamorfosis dirigida hacia la puerilidad física. Tenemos la ilusión de ser proteicos. Decía que la llaman café. A eso, ¿qué podría opinar u objetar?, ¿cómo decirle: ni idea de cómo debería llamarse un gargajo? Yo no me llamo centro líquido… Al cabo de noventa zapatos terminamos reencontrándonos gracias a la mala voluntad de los barrenderos del parque, abandonados en la misma basura.

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