Última marcha

Marcho entre verdes claros y oscuros, apenas intimidado por el susurro de las hojas. Me doy un poco de valor ajustando mi casco y acelero. Cuando logro tranquilizarme, me doy cuenta de que el sol ha salido hace rato. Una infinidad de ramas y hojas me protege de sus rayos. Ya entrada la mañana, mis botas se sienten más suaves, cómodas. Placenteras, inclusive. Mi día se acorta. Dentro de poco ni siquiera seré capaz de pensar. No lo recuerdo, pero seguramente debí quedarme dormido mientras caminaba. Al principio sentí asco del suelo, ahora, su hedor me parece reconfortante. No sé si en realidad las siento o estoy imaginando las hormigas que salen de mi cuerpo. Podría lamerlas, a riesgo de abrir la boca y dejar escapar más sangre. Algo roza la palma de mi mano. Es duro como el algodón y suave como la hormiga. Algo aterriza sobre mi cuerpo, aparece, desaparece, siempre vuelve por más. De repente pierdo el zapato y mi pie se congela. El dolor es insoportable por un momento, hasta que algo atraviesa mi mano. La miro como si fuese ajena. Está frente a mi, parece increíble que algo tan grande no haya destrozado también mis dedos. Algo atraviesa mis rodillas, mi espalda, el ruido destapa los oídos y alcanzo a escuchar un disparo.

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