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La pistola era de juguete, pero sus deseos de matar eran completamente reales.

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Recibió el inesperado abrazo como un balde de agua tibia, el cual pasó imperceptible bajo el sol de la mañana.

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Finalmente había tomado el valor para levantarse y ponerse a bailar. Encontrar pareja, era otra aventura.

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Y cuando aconteció la tragedia, descubrió que la vida sí tenía precio, y no estaba a su alcance.

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En la noche sin luna, la mujer loba cambió el sigilo por maquillaje, la rapidez por sensualidad, y el olfato por la intuición. Con o sin luna, ella no se acostaba sin comer.

Tambako en Flickr

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El agua alrededor del monstruo marino estaba roja en su totalidad. Apenas quedaban algunos hombres, y la bestia no parecía debilitarse. Pensó en apuntar a los ojos. Seguramente, si no podía verlos, la bestia no podría esquivar, ni mucho menos defenderse de los ataques. Sí, tenía que apuntar a los ojos. Pero el tentáculo fue más rápido, y le arrancó la cabeza.

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Despertó, sobre el suelo. El cuerpo le dolía, mas no había rastros de sangre. Se levantó lentamente y se sacudió el polvo de la ropa. El camino de tierra le resultó familiar así que siguió andando. No estaba muy lejos de casa. No dio ni dos pasos cuando sintió que olvidaba algo. Volvió, recogió la botella de tequila y siguió andando a su casa. La fiesta había sido un éxito.

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Parecía una reunión familiar, o un encuentro de amigos. El ruido de conversaciones y risas se esparcía por todo el lugar y hacia cada rincón. Cuando hablar no era suficiente, alguien se levantaba y presentaba una pantomima. Todo era algarabía hasta que llegó el director de la orquesta. Cada cual recogió su instrumento, y siguieron con el ensayo.

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Supo que se había perdido cuando quiso escuchar a sus compañeros y no percibió nada más que los sonidos del bosque. Cuando las ramas del árbol más cercano lo atraparon, sus gritos tampoco fueron escuchados.

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Después del beso, la noche le resultó menos amenazadora, y de su amor quedó un cadáver sonriente junto a un contenedor de basura.

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La guitarra no supo que era su último concierto, hasta que la estrellaron contra el suelo. Nadie se compadeció de su dolor: los gritos de las personas estaban con el asesino de instrumentos. La batería empezó a temblar.

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De su experimento fallido, ya nadie se acordaba. Inclusive se habían olvidado de él, o lo daban por muerto. Y como cada mañana, el científico miniatura cabalgaba sobre su gato hacia el jardín, entregado a su nueva vida de agricultor.

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Pensó que solo se había quedado dormido un par de horas más, no días enteros. Y por su descuido, la ciudad había dejado de contar con él, ya no tenía privilegios. Como las autoridades no lo reconocían, los demás ciudadanos también hicieron caso omiso de él. Sus parientes no lo recordaron hasta el momento del entierro.

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Cuando el ciudadano aceptó su locura, las autoridades extraterrestres se miraron entre ellas y sonrieron.

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La playa parecía el lugar perfecto para probar sus poderes. En el día, la chica manipuló  las olas según su voluntad, pero el mar empezó a vencerla en la noche, y tuvo que abandonar la lucha. ¿Algún día podría controlar el agua de la noche? Entonces vio cómo un barco avanzaba hacia ella montado sobre una ola. Sonrió.

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Finalmente se levantó de la cama -no sabía de dónde sacaba fuerzas para hacerlo-. Empezó a cepillarse el cabello, y a recuperar la sonrisa mientras se limpiaba las lágrimas y se retocaba. El rastro de tristeza fue eliminado gracias a la baja resolución de la cámara. Al otro lado de la pantalla, su sonrisa parecía genuina.

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Con el tiempo, su capacidad de escuchar los pensamientos de los demás había disminuido, y ahora solo podía escuchar tres o cinco al día. Por eso se había vuelto más observador, para elegir su presa con mayor precisión. Capturar escritores no era tarea fácil.

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El humano iba dormido sobre el lomo de su amo. El humano tenía sueños felices e inclusive reía mientas dormía. No sabía que lo iban a estirilizar.

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Conforme se acercaban, las arañas perdieron su negrura y se volvieron blancas y relucientes, y se hicieron polvo al caer frente a la cabeza de Medusa.

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El golpe fue tan contundente que la víctima cayó en el acto. Los ladrones desordenaron sus prendas al rebuscarlas, la cabeza había caído junto a varias botellas de licor. Se sospechó de su muerte cuando el borracho no respondió a las patadas del policía.

El amor es tan poderoso como un trueno, y más devastador

Como si fuera invierno. Miraba por la ventana como si fuese invierno, oscura, fría, atravesada por la lluvia. Estaba triste, no veía el sol ni la alegría de la gente. Simplemente miraba, recordaba, y lloraba.

Seyed Mostafa Zamani en Flickr

Seyed Mostafa Zamani en Flickr

 

Este microcuento lo inventé mientras rellenaba un formulario para un concurso de microcuentos de invierno. Y no, no tengo ventanas en mi cuarto, y si las tuviera, pasaría viendo al cielo, no a los peatones.

Cuando cerró los ojos

Cuando cerró los ojos vio cómo los ángeles descendían a su encuentro. Ni siquiera se cuestionó si los merecía, apenas sonrió. Uno tras otro, aparecieron los mejores momentos de su vida. Se sintió en verdad tranquilo, hasta que uno de los cuervos le picó el ojo.

Hartwig HKD en Flickr

Hartwig HKD en Flickr

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Nuevamente regresó a ver y no descubrió a nadie. Era la tercera ocasión, y ya no pudo seguir disfrutan o su caminata; en efecto, algo soplaba en su nuca. Sentía el frío del acero que perseguía su cabeza, sin duda pertenecía a la policía, estaban a punto de atraparlo. Entonces el cachorro empezó a lamerlo, y lo liberó de su pesadilla.

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Parecía mucha coincidencia, pero todo lo que veía en el libro en verdad le sucedía. Se dio cuenta de que era un personaje justo a tiempo, y cambió de historia antes de ser asesinado por su mejor amigo, su creador, su escritor.

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La luz del sol no solamente entró por la venta, también a través de las paredes y se coló por algunas goteras. El el cuarto empezó a llenarse de color y el pequeño desorden empezó a evidenciarse. Las botas no estaban en su lugar, había barro por el suelo, y el saco de semillas estaba sin terminar. Los niños entraron, despertaron al hombre, y volvieron a su jornada.

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El perro nunca intimidó al gato. Este paseaba entre sus patas, jugaba con su cola, y en ocasiones lo mordía. Se hicieron amigos, pero en el sueño el perro continuaba persiguiendo al gato.

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La batalla había durado más de lo esperado. Una mirada a su entorno confirmó que los emboscados habían sido ellos. Siguió luchando, aunque eventualmente sería derrotado: los ángeles no dejaban de caer del cielo.