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Avanzó rápidamente por el parque, y solo se detuvo cuando apareció un vendedor de helados. A pesar de tener una sabor favorito, se demoró en escoger. Pagó y se fue inmediatamente. Los nervios que había escondido empezaban a salir ahora en formas absurdas. Publicaría un libro, finalmente.

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Estaba a punto de salir con el libro que acababa de robar. Vaya forma de entrar en un club literario, pensó. Regresó y dejó el libro en el estante. Había poco gente, y como la librería no era grande, sus idas y venidas no llamaban la atención de nadie. Salió corriendo sin robar nada, y fue a comprar el mismo ejemplar en una tienda de libros usados. ¡Qué me importa si no me aceptan! Pero después del rechazo fue a robar el libro, y un reloj, una cartera…

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Se había opuesto totalmente a las visitas, iba a morir sola y sin espectadores. No obstante, sintiendo ya la muerte sobre su cuerpo, decidió arreglarse un poco y despedirse de sus amigas. Aún tenía fuerzas para maquillarse y hacer una última videollamada. La muerte interrumpió su último plan, y un periódico sensacionalista la etiquetó de: Vanidosa hasta la muerte.

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En la víspera de su muerte, había mantenido su humor negro acostumbrado. Por supuesto, ella no sabía que iba a morir, tampoco había planeado suicidarse. Sin embargo, todos empezaron a encontrar respuestas a su muerte en sus últimas palabras, sus últimos recuerdos. El accidente había sido torpe, pero contundente, mortal.

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Por más que insistió y volvió a explicar el robo de su bolso, el oficial no la dejó ingresar al teatro. En un segundo de rabia noqueó al policía, y entró corriendo hacia los camerinos. Una vez en el escenario, nadie sospechó de ella.

Piedras fundacionales

Con el tiempo, yo también creí que se trataba de un plagio, y empecé a sentirme culpable. Más. Furioso, incapaz de mirar mis textos sin desprecio. Agarré mi libro y empecé a desgarrar sus páginas, como si con eso pudiera limpiar mi consciencia. Sollocé sobre mi cama. Me adormecí entre lágrimas de rabia y dolor.

El alivió que sentí al despertar fue tan poderoso que no recordaba haber soñado. Miré por la ventana. El sol iluminaba todo mi departamento. Tardé en darme cuenta de que atardecía. Me dirigí al armario, me agaché y comencé a hurgar en el cajón sin buscar nada en especial. Había agendas, cuadernos, papel de cigarrillo y botellas de whisky vacías. Encontré una libreta pequeña y la saqué. A pesar de la ausencia de fechas, supe que se trataba de 1999, por las notas apocalípticas. Me entretuve leyéndolas, no por su agudeza o ironía, sino por su tono: era tan aburrido que ni siquiera me daba ganas de tirarlo a la basura. Un día llamó mi atención e interrumpió mis bostezo: lunes, 1999: ¡ya tengo mi libro! tiene un nombre, y todas las correcciones que he podido encontrar. mi hermana dijo que quería leerlo, pero creo que antes se lo enseñaré a –nombre inteligible-. este momento se merece un brindis!! Me quedé perplejo. Si entonces ya tenía listo mi libro, ¿cómo ahora, años después, podían acusarme de plagio?

Piedras fundacionales sonaba tan exquisito… ¿cómo podíamos haber coincidido en el título y los cuentos? El libro de Pwun Yhin era una traducción pero, ¿eso qué significaba?, ¿el traductor tenía estilo?, ¿el mío? El baño había aliviado en parte mi disgusto. Mientras me rasuraba, el espejo respondió a mi amargura.
- Pwun Yhin escribe basura; ya otros traerán nueva basura. Aún tienes oportunidades para ser leído.
– Nueva basura… mis textos ni siquiera llegan a ser…
- ¿Basura?, ¡correcto! Ahora por favor, abandona mi baño, que tengo ganas de brindar.

Y Pwun Yhin salió del espejo, botella en mano.

Yasunari Nakamura en Flickr
Yasunari Nakamura en Flickr

Días de peros

Foto de Timsamoff

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No ha sido en la plaza sino en el parque, de nuevo a correr. Una persona, otra, otra, bocas y sonidos interrumpidos por colores. Brinco sobre basureros y esquinas, avanzando, avanzando… Mis prendas parecen arder contra mi cuerpo. Aterrizo con un gran salto. Tengo las medias húmedas, el cuerpo empapado en sudor… Busco a mi amiga en las bancas, en los columpios… No llega. Aprovecho para respirar y atar mis cordones. Ni bien asiento la rodilla, una mano aprieta mi hombro por la espalda y algo pincha mi vientre. Espero una patada, una amenaza o algo. Una pequeña mano hace girar mi cabeza, y reconozco a la agresora. Ni siquiera abro la boca y cientos de reclamos explotan contra mi cara. Respondo con muecas y gestos de dolor. Ella se enfada y se voltea. Me acerco despacio, decisivo. La abrazo mientras se deje abrazar. Atinamos a despedirnos (a oído ajeno, lo nuestro no parecería una despedida), se ríe y me grita: ¡mejor suerte mañana!
1’
Me bastó ver su espalda una vez más para decidirme a cerrar el libro. No consigo la canción, imposible culpar al ambiente por la torpeza de mis dedos. Ni siquiera recuerdo qué leía; el llamado de la música es más fuerte. Siento el llamado del baño, ¿en qué manos encargar esta guitarra para que no me quite espacio en el baño? Cuando empezó a dar vueltas, me decidí a pedirle su guitarra. Ni modo, al baño con todo esto. ¿Cómo!, ¡se lleva la guitarra!, ¡oye…! Y ahora… apenas puedo sentarme, no se diga alcanzar el… ¡no hay papel! Será atrevido golpear la puerta, pero en realidad necesito su guitarra: esta melodía no deja de vibrar en mi cabeza… ¿Oye, puedes prestarme la guitarra? ¡Claro!, ¿puedes pasarme papel? Claro, ¡gracias! ¡Gracias!

1’’
«estamos en Verde, µæĐœ llover con toda probabilidad» lee la niña antes de acostarse. La luz apagada, la cama mecida con el temblor ferroviario; oscuridad y movimiento, proliferación de sombras todopoderosas: Ayer bailaban bajo mis pestañas, y mis sueños si poder entrar, y la madre cubriéndose los ojos antes de apagar la lámpara, porque no quiere ver el vacío de su hija. Imagina una almohada, cortinas, una cama y una habitación que no está vacía. Lo ha inventado y memorizado todo, desde la forma del colchón hasta los lunares de la niña. Pero estamos en Verde, piensa la mujer, acariciando su vientre, la idea de un embarazo nocturno.

Entre las piernas

Y de repente la vitrina, la celda transparente de una mujer desnuda. Inmediatamente golpeé una de sus paredes. Intenté mirarla a los ojos, al tiempo que le señalaba una silla para que se siente. Ella río, empezó a acercarse. Di media vuelta y empecé a retroceder, esperando que alguien me pidiese que salude a la cámara escondida, pero en lugar de eso recibí varios dedos en mis ojos y en mis orejas. Por los chillidos, supe que se trataba de mis compañeras Hubo gritos, roces que se volvieron golpes… Y de repente siento un rayo en mi mano. Levanto el puño; me arde la garganta. Cierro los ojos en espera del golpe final, temeroso de abrir los ojos, volver a la realidad. Pero ya no había ni vidrio ni mujer.

 

Foto de Brave Heart

Jodidamente especial

La espiaba por costumbre, siempre sin tomar nota, siempre sorprendiéndome con su nombre. Nunca tuve la necesidad de recordarla. Compartíamos el hábitat, nada más. Fue… en un restaurante. Yo entré, ella se estaba acomodando en una silla. Después de reconocerla, salir hubiera sido una locura, así que salí. No nos conocimos por casualidad; lo mío más tenía de persecución que de ternura. Conocía sus costumbres y, como un ave de rapiña, me lanzaba junto a ella apenas la veía sola. Le silbé mis sentimientos pero nunca los entendió.
O quizás la había visto con anterioridad. ¡Qué inteligente!, exclamó al escuchar mi comentario sobre la película que estaba de moda. Yo no gusto de los halagos empecé a responder. Espera, me dijo, equivoqué el tono: Qué inteligente!
Me siento suave y oscuro, como un cachorro salvaje dormido sobre un escalón alfombrado y sin color. O ni eso. Me sentí especial… especialmente triste, y el cachorro que tengo al frente fue lo primero que encontré para compararme.

***

Hace un momento dejé su casa. Por rastro quedó una desnudez apenas cubierta por los restos de una sábana, zapatos de taco alto, una falda larga, almohadas, un encendedor, recortes de revistas, y la sangre que ha estado cayendo de mi brazo desde la cama hasta acá. Al frente, el perro despierta, babea excitado por mis heridas. Los ojos se me cierran. No recuerdo cuándo el perro empezó a lamerme, pero apenas se lo llevan, sé que lo sacrificarán. A mí también me llevan, pero quiero salvar su vida. Me arrojo de la camilla, y les muestro el arma homicida.

 

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Foto de Coquí

Mujer, ¿qué hacías entre tantos hombres?

El origen de este cuento es Raymond Carver y su libro Haz el favor de callarte por favor. Ese libro me influyó por completo y… me salió la primera versión de este cuento. No sabía que Carver usaba el realismo sucio. Me encantó y lo imité con todo éxito. Pero luego me pregunté, ¿pensarán en mí o en Carver al leer este cuento? Así que lo reescribí un par de veces, hasta mantener la historia y conservar mi estilo.

Ignoré al conserje y su paraguas. Corrí al segundo piso, entré a mi departamento patinando, tiré mi abrigo, mi camisa, un zapato, luego otro, y así hasta llegar al baño. A excepción de las medias, todo salió con facilidad. Estaba sentado sobre el inodoro estrujando las medias cuando descubrí un papelito estampado en la puerta: Hoy también voy a llegar tarde. Besos. Sobre besos había una huella labial. Eso me puso a pensar: si ella besó el papel con anterioridad, ¿para qué escribirlos? Analicé mi día bajo la ducha: café derramado, una falda peculiarmente corta, un pie sin media ni zapato, y el carro que casi compro. Hoy me despidieron. Sin violencia, sin complicaciones. Despegué la nota al salir del baño.

Una vez en el cuarto, busqué una caja pequeña en el armario del rincón. Ahí estaba el resto de notas amarillas. Luego de cubrirme con una toalla, me senté sobre la cama, encendí la lámpara y me puse a pensar en la primera nota. Manoseé los papelitos sin fecha, y se me ocurrió clasificarlos por su aspecto. Hoy también voy a llegar tarde, repetí en mi cabeza mientras dividía las notas entre nuevas, viejas y sucias. Más tarde tuve además dos grupos de suciedad, uno legible y otro colorido y borroso. Comparé notas. Las frases iban desde ¡A mí también me gusta mi cuerpo! hasta no sé si hoy es martes o miércoles, así que dejémoslo para el lunes. Un potente estornudo dispersó las notas de mis manos. Apenas quedó una: No voy …sola… mujeres no cover. Escuché ruidos en la puerta mientras me sonaba la nariz. ¿Mi mujer peleando con la cerradura?

Su estado etílico no es el que imaginaba. Por lo menos me reconoce y me deja llevarla en brazos a la bañera. Cierra los ojos, pestañea, mueve las mejillas y enseña los dientes como si sonriera. La desvisto desde los zapatos hasta los aretes, al compás de su risa entrecortada. Abro el grifo tras su cabeza, se estremece, calla, se levanta y ¡huye! Me adelanto al cuarto, estrujo las notas devolviéndolas a su caja (sus palabras se mezclan en mi mente: lo siento, happy hour de mediodía, hubo amor), oigo estornudos, ¿dónde hay toallas?, ¡maldita sea no hay toallas…!
***
– Otras veces has llegado más tarde.
– ¡No sabes qué hora es!, ¿cierto?
Arroja la toalla antes de acostarse. Una luz anaranjada me dice que la medianoche ya ha terminado, y nosotros recién acostándonos. Miro por la ventana.
– Mujer, ¿qué hacías entre tantos hombres?, digo sin mirarla.
– ¡No fui a un bar!, responde antes de reír. Afuera, un carro acaba de partir.