Una relación público-privada

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(esta coma va dirigida a la persona encargada de leerte tu carta, quien pronuncia calle Trices sin recordar nada, y no le llama la atención la exactitud de mi fecha: cuarto de hora para el quince de junio, bajo las iniciales A. I.).

Te escribo durante uno de mis ataques de soledad, sin intenciones de culparte o pedir socorro. Probablemente mis palabras en voz ajena te traspasan y llegan a cualquier oreja. No necesitarás una relectura; bastará preguntar por mí a tus compañeras. De antemano descarto la posibilidad de una cita: ahora nuestros tiempos son incompatibles: mis momentos son escribir, dibujar, madrugar y comer; tus momentos los ignoro. A lo mejor uno de ellos está naciendo en una de tus extremidades, roza a alguien y se vuelve un instante ajeno.

Llevas más de una semana sin acabar de escucharme, y en tu piso ya todos conocen nuestro asunto, tanto quienes te leyeron mi carta, como quienes simplemente escucharon. Conversan sobre nosotros por todo el edificio y nosotros aún no terminamos. Sólo los desocupados están dispuestos todavía a continuar nuestra lectura, y ahora, la carta ha vuelto a mis manos, y soy yo quien te la leo mientras sales al baño… regresas, decepcionada incrédula, no sabría decirlo, atiendo tu estornudo, aquí tienes papel…
– Gracias, ¿puedes indicarme donde te quedaste?
-Sigo aquí…

Steve Parker en Flickr

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Cada noche dejaba listas las monedas para el bus. Cada noche lo hacía, antes de acostarse. Pero hoy la tristeza es más fuerte, le hace olvidar las monedas, otro día la tarea, el almuerzo…

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Cada noche asistía al teatro convencido de que no se enamoraría de la cantante, y fracasaba rotundamente. A veces le echaba la culpa al vestuario, y terminaba siendo atraído por los tonos profundos de la mezzo. Cierta noche que llegó mucho antes de lo previsto, se topó con la mezzo en la entrada. Él irradiaba felicidad, nervios, amor… La mezzo se limitó a saludarlo y continuar.

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La tarea parecía sencilla: escribir un cuento con la palabra destino. Sin embargo la tarde la pasó fuera de casa, y cuando ya creía haber terminado los deberes, descubrió -con cierta decepción- que le faltaba Literatura. Destino... Se lo buscaba o se lo evadía, ¿qué más se podía hacer al respecto? Y con el pasar del tiempo, todas sus tareas quedaron sin hacer.

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Como cada tarde el caballete espera a su pintor. Cada día contemplaba cómo el sol paseaba a su alrededor, coloreando, ensombreciendo su entorno. A veces sus sueños coincidían con los del pintor. Cuando no, los lienzos solían tener pequeños accidentes. Pasó una noche, otra, otra… En menos de una semana, en la habitación solo permanecía el aroma del pintor.

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Una vez que todos dormían, la flor se sacudió en su maceta, y comenzó a jugar con la tierra a su alrededor: levantó árboles de tierra, construyó una cascada de tierra, e hizo revolotear a unos pájaros de tierra. A la mañana siguiente, el gato fue culpado de toda la tierra derramada.

Cuando el amor toca tu puerta

Fluffisch en Flickr
Fluffisch en Flickr

Sonó el timbre pero no hallé a nadie al abrir. Niños, pensé, o el maldito vecino del frente. Al segundo timbrazo corrí silencioso para sorprenderlo e insultarlo, pero encontré una mirada ingenua que no pertenecía a ningún niño. Era una joven de ropas brillantes, con el cabello agarrado y minifalda. Llevaba lo que parecía una bandeja con varios sobres. Entró abruptamente y sin callar. Hablaba tan rápido y con tanta confianza que estuve a punto de ofrecerle una taza de café. Iba a decirle que estaba de salida, pero nunca me dio la palabra. Fingí atenderla, enfocando mis ojos en sus dientes, sus orejas… Miraba mi departamento de reojo, preguntándome qué la retenía aquí. Dije gracias sin darme cuenta. Ella sonrió, y con habilidad puso una cartera que no había visto sobre sus muslos, y sacó una bolsa plástica. Nuevamente, de su boca solamente retuve algunas ideas. Apenas entendí que el contenido de su bolsa cumplía un papel de higiene. Luego me agradeció y empezó a mirar el departamento con emoción. Poco a poco sentimos la pesadez del silencio. Tardé en comprender que no había empezado a observar la habitación por cortesía, sino para darme tiempo. A los pocos minutos percibí que le sorprendía verme todavía sentado. ¿No le habré ofrecido un café o…? No, no, -respondió- me ofreció un almuerzo. Estaba a pocos pasos de la cocina cuando sentí unos dedos en mi hombro. Era un broma; usted me dio el pésame, le agradecí, y luego se quedó callado. Pensé que usted también es huérfano, y decidí callar. Si me regala un par de minutos más, acabaré por contarle todo acerca de mi detergente… – y entonces le hablé del padre que nunca tuve: inventor casero, cuya única herencia fue la receta de este magnífico detergente. ¿Que si funciona?, ¡pregúntame si es un detergente!

Hoy es igual al ayer de mañana

Un cuento escrito en mis tiempos de universitario… no recuerdo muy bien la anécdota que lo generó. No me pasó a mí, ni le pasó a nadie, pero algo pasó, tal vez una charla, un desencuentro, o algo que desembocó en esta, digamos, ¿hipótesis?

 

hoyesigualalayerdemanana

A. I. (encuentro cercano)

-Voy a salir…
Para salir -comento- primero tienes que estar en algún lugar…
-Ay. No. Quiero decir que, cuando lleguemos, voy a salir.

Podría decirse que camino sus pasos: ella avanza despreocupada de sus pies. No recuerda que ha tropezado más diez veces, y aún no llegamos a casa.
-¿Con quién conversas?
Contigo, le respondo.
-Sí, ¿pero con quién!

Su risa no sale, ¿debí reír su pregunta? Pienso frases y gestos que tampoco ocurren, esforzándome por no tropezar. Mis dedos se enfrían en su mano. Otro silencio. Entre tararear una canción o conversar, volteo la cabeza y descubro que sonríe. Piso un chicle sin dejar de mirarla. Ella inclina la cabeza; sus labios tiemblan. ¿Está sonriendo una mueca?, ¿oculta el temblor de sus dientes?

Magdalena Roeseler en Flickr

-¿Cómo me llamo?, pregunta en tono alegre, mas desafiante.
No estoy tan distraído, respondo amenazándola con el índice: Ai.
-¡Qué?
A.I. … ese fue el nombre que dijiste. Al siguiente pestañeo desvía su mirada. Acelera el paso. Pienso los posibles argumentos para este nuevo silencio:

  • Ella también se percató del crepúsculo.
  • La calle no es lugar para conversaciones domésticas.
  • ¿Se molestó conmigo?
  • Todas las anteriores, más el temor de ser seducida hasta el bar más cercano.

-Mañana te espero en la casa, dijo deteniendo un automóvil en cuyo asiento delantero le esperaba un abrigo. A modo de mano, nos dimos las despedidas.

Wxyz, u otra forma de decir…

Hoy cumplimos wxyz años más sin conocernos. Sigo lejos de tus espacios y tus recuerdos, si es que tales parámetros caben entre desconocidos. Más que una celebración en solitario, es la conmemoración de un desconcierto mutuo.

Hace wxy años me era posible encontrar tu número de teléfono, tus direcciones… Oír de alguna de tus salidas. Con un poco de suerte, había noches en las que te desempolvaba de alguna fotografía. A veces, de repente tu foto entre mis manos y el esfuerzo por recordar el instante atrapado. Hace miles de días nuestros monólogos se alternaban durante algún almuerzo. Reunirnos en espacios públicos me reconfortaba: callar era comprensible, y podía mirarte más de la cuenta.

Hace wx años nuestras conversaciones eran mayoritariamente presenciales, pero eso no nos impedía comunicarnos por otros medios. Hace millones de horas nos confundían con una pareja enamorada. Tu amistad, acaso el primer éxito de una estrategia romántica sin concluir.

Hoy cumplimos w años sin conocernos. Hace 3 párrafos que el autor no ha hecho otra cosa que compararte con sus amores imposibles, pero yo sé que tú no eres eso, que eres mortal, enfermiza y sudorosa. Ningún otro ha perseverado tanto como yo en escribirte tal cual y, aunque este sea el fracaso ciento algo –o por lo menos, el último de la noche, para sonar optimista- me consuela saber que mañana se cumplirá algún tiempo desde que naciste, nos encontramos, e inmediatamente enrumbé mi sexualidad.

Chu en Flckr

Feo

Tras la ventana de un sencillo cuarto, la madre aparece y desaparece, como una sombra a color.

Madre: No viene mi hijo…
Primogénito: ¿Cuál?, ¿el feo?
Madre: Sí, el… ¿Qué dijiste!
Primogénito: ¿Dez?
Madre: Sí, Dez. Ya es muy tarde y no llega.
Padre (acercándose): Mamá, su comida ha dejado de enfriarse…
Madre: ¿Qué!
Padre (eructa): Que su comida ya está a salvo en mi barriga.

Después de insultar al padre, la madre atraviesa la habitación. Recoge un saco y sale presurosa hacia la calle.

En respuesta a la palma femenina que revuelve algo en el aire, el joven dilató sus labios e infló sus cachetes. Sus respectivos ojos se enfocaron mutuamente, pasando por alto la multitud entrometida. Pese a todos, los antisociales en cuestión lograron reunirse. Tras despegar sus labios y devolver cada lengua a su lugar, el joven recordó que lo ignoraba todo sobre ella. Ante la imposibilidad de un reencuentro, la persiguió hasta tenerla cara a cara. Tras varios besos, el joven se preguntó: ¿por qué no seguirla más? Ella pensó: ¿por qué no mentir un nombre, una dirección?

Ahora, el chico busca una calle Caracol, donde exista una chica llamada Yema.

Sankarshan en Flickr