La carta del buen cartero

Angustiado, el espontáneo cartero extiende los brazos hacia al destinatario más cercano: ha debido detenerse sin pensar. Escucha algo fuera de su cuerpo, sus latidos rebotando por todo su pecho. Lamenta la hostilidad con que ha llegado. A modo de disculpa, empieza a quitarse sus inadecuadas prendas. Mientras se desviste, rápidamente mira una rama (de algún árbol), un paraguas (o la misma rama desde otro ángulo) y una silueta caminando hacia él (tal vez la rama empujada por el viento ferroviario).

Ya sin pantalón ni camisa, el cartero inesperado descubre un uniforme verde espinaca en lugar de su ropa interior. Aún más: una gorra sobre su fresca calva, y un par de gafas que cuelga de su cuello. Alza la vista, intenta descubrir el origen de su ropa ajena. Descubre, amarrados en una rama cercana, los zapatos que nunca se quitó.

El destinatario ha observado todo esto desde su asiento en la parada de autobús, espiando sobre su periódico. Espera en paz desconocida, hasta que su nuevo cartero le extiende la mano desde el suelo, temblorosa, empapada en sudor. No es suficiente para alcanzarlo. El cartero no tarda en darse cuenta del fracaso de su obra, se desespera como nunca. Esta vez su corazón lo acompaña en el sentimiento, arranca el sobre de la carta con los dientes.

Ciertas multitudes rodean la parada de autobús. Apenas se distingue la rama con los antiguos zapatos del nuevo cartero, quien tartamudea a gritos el mensaje del remitente, sin dejar de sacudir su cuerpo. Cierto grupo de ancianos se sienta a contemplar el paso del sol sobre una calva de la que acaba de caer una gorra.

Respira. Es lo primero que siente antes de abrir los ojos. En un segundo observa una parte de la muchedumbre que lo rodea. Luego, sus gritos empiezan, cada quien pide su respectiva carta mientras pasa por encima.

3. Casas domo abandonadas en el Sudeste de Florida

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De niño, las únicas casas que podía construir eran de juguete. Su padre le habló de cómo construyó la casa cuando se casó son su madre. Luego vio a su hermano mayor construir su casa cuando contrajo matrimonio. Y finalmente le llegó su día. Ya no era un niño, la casa ya no sería de juguete. En ella viviría su nueva familia, una casa más en el desierto.

Desde tu cuerpo o el mío

Ingresé al cuarto con más nervios que confianza. Me demoré excesivamente en sacarme el gorro y dejarlo sobre algo. Siempre tuve la impresión de que nos conoceríamos de noche, no durante un mediodía de septiembre. Yo te pensaba aún antes de saber tu nombre. Me lo preguntaba varias veces durante la semana. Con cada una de tus descripciones, surgía una certeza infundada, una pregunta olvidable. Por ejemplo, que tenías el cabello lila, que te gustaba el café con crema, no les temías a las alturas pero sí a los ascensores… A pesar de las cortinas, el sol pegaba fuerte en la habitación. De tanto mirar al suelo, tropezamos en medio del cuarto. Yo ya sabía tu nombre y tú el mío. Caminé a tu alrededor, aparentemente seguro de mis pasos; no sabía si desnudarte de inmediato o no. En cuestión de minutos y con la ropa todavía puesta, lamentamos lo premeditado de nuestro encuentro. Así empezó esa relación que cambió mi vida. Dos o tres encuentros después, me dijiste cuánto te costaba mantener una relación estable. No sé en qué experiencias te basabas, pero empecé a pensar que de sus relaciones anteriores, no me dabas sino una simple y larga lista de nombres. Una tarde, mientras empezábamos a vestirnos, comentaste lo premeditado de nuestros encuentros. Yo te dije que para eso éramos pareja, y entonces me contaste tu anterior decisión de eliminar toda posibilidad de mantener una relación estable con un hombre -a muy pesar mío, yo era ese hombre-. No supe bien qué responder. Tú tampoco supiste cómo continuar, así que empezamos a compartir nuestras tristezas, una tras otra. Y así terminó esa relación que había cambiado nuestras vidas.

2. Kolmanskop (pueblo fantasma en el desierto de Namibia)

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El tiempo no pasó en un abrir y cerrar de ojos. Tenía recuerdos de una pelota, de estrellas de colores… pero sus manos estaban arrugadas y cansadas. No sabía si su velocidad había disminuido a cada paso, o hace mucho que se había detenido. No supo si fue su vida la que se extinguió, o la de alguien más.

Viajes de refrigeradora

Los viajes despegan del otro lado. Aquí, una niebla perpetua limita el espacio e invita a imaginar. (Desde nuestra posición, eso significa soñar en primera fila). En ocasiones una luz la atraviesa, de aparición inexplicable, insólita, deseada. El paso de los tiempos transformó nuestra esperanza en realidad: afuera existe una salida. Cuando estuvimos a punto de partir, nuestro horizonte se derritió a nuestros ojos, porque la puerta del refrigerador sólo funciona en un sentido.

Lo que el amor encontró

Yo te  amo, quise decir, mas no dije nada. Ella soltó mis manos y empezó a retirarse. Entre otras cosas grité ¡Érica!, y ella tampoco entendió otra cosa más que su nombre y se detuvo. Lloroso y desesperado, me agaché a sacar un cuaderno de mi mochila. La mirada de los curiosos en mi nuca no me facilitó las cosas. Los parques parecían tan tranquilos y románticos… Las lágrimas aminoraron hasta desaparecer mientras escribía la carta. En ella le explicaba esta repentina incomunicación. Levanté el papel, di un suspiro, y se lo entregué a Érika. Ella lo recibió con una sonrisa y me lo lanzó a la cara. Su enrojecido rostro claramente decía, ¿Te estás burlando de mí! Yo también me quedé asustado ante mi carta: ni yo mismo entendí lo que decía. Nos miramos por un segundo larguísimo donde entró un aguacero que parecía diluvio. Se dio la vuelta con tanta rapidez que temí que se cayera, así que me lancé a sus piernas. Volví a repetir las palabras que creí que había pensado, pero ahora era Érika la que lloraba. (O al menos eso creí, pudo ser la lluvia).