Wxyz, u otra forma de decir…

Hoy cumplimos wxyz años más sin conocernos. Sigo lejos de tus espacios y tus recuerdos, si es que tales parámetros caben entre desconocidos. Más que una celebración en solitario, es la conmemoración de un desconcierto mutuo.

Hace wxy años me era posible encontrar tu número de teléfono, tus direcciones… Oír de alguna de tus salidas. Con un poco de suerte, había noches en las que te desempolvaba de alguna fotografía. A veces, de repente tu foto entre mis manos y el esfuerzo por recordar el instante atrapado. Hace miles de días nuestros monólogos se alternaban durante algún almuerzo. Reunirnos en espacios públicos me reconfortaba: callar era comprensible, y podía mirarte más de la cuenta.

Hace wx años nuestras conversaciones eran mayoritariamente presenciales, pero eso no nos impedía comunicarnos por otros medios. Hace millones de horas nos confundían con una pareja enamorada. Tu amistad, acaso el primer éxito de una estrategia romántica sin concluir.

Hoy cumplimos w años sin conocernos. Hace 3 párrafos que el autor no ha hecho otra cosa que compararte con sus amores imposibles, pero yo sé que tú no eres eso, que eres mortal, enfermiza y sudorosa. Ningún otro ha perseverado tanto como yo en escribirte tal cual y, aunque este sea el fracaso ciento algo –o por lo menos, el último de la noche, para sonar optimista- me consuela saber que mañana se cumplirá algún tiempo desde que naciste, nos encontramos, e inmediatamente enrumbé mi sexualidad.

Chu en Flckr

Feo

Tras la ventana de un sencillo cuarto, la madre aparece y desaparece, como una sombra a color.

Madre: No viene mi hijo…
Primogénito: ¿Cuál?, ¿el feo?
Madre: Sí, el… ¿Qué dijiste!
Primogénito: ¿Dez?
Madre: Sí, Dez. Ya es muy tarde y no llega.
Padre (acercándose): Mamá, su comida ha dejado de enfriarse…
Madre: ¿Qué!
Padre (eructa): Que su comida ya está a salvo en mi barriga.

Después de insultar al padre, la madre atraviesa la habitación. Recoge un saco y sale presurosa hacia la calle.

En respuesta a la palma femenina que revuelve algo en el aire, el joven dilató sus labios e infló sus cachetes. Sus respectivos ojos se enfocaron mutuamente, pasando por alto la multitud entrometida. Pese a todos, los antisociales en cuestión lograron reunirse. Tras despegar sus labios y devolver cada lengua a su lugar, el joven recordó que lo ignoraba todo sobre ella. Ante la imposibilidad de un reencuentro, la persiguió hasta tenerla cara a cara. Tras varios besos, el joven se preguntó: ¿por qué no seguirla más? Ella pensó: ¿por qué no mentir un nombre, una dirección?

Ahora, el chico busca una calle Caracol, donde exista una chica llamada Yema.

Sankarshan en Flickr

66-70

66

Avanzó rápidamente por el parque, y solo se detuvo cuando apareció un vendedor de helados. A pesar de tener una sabor favorito, se demoró en escoger. Pagó y se fue inmediatamente. Los nervios que había escondido empezaban a salir ahora en formas absurdas. Publicaría un libro, finalmente.

67

Estaba a punto de salir con el libro que acababa de robar. Vaya forma de entrar en un club literario, pensó. Regresó y dejó el libro en el estante. Había poco gente, y como la librería no era grande, sus idas y venidas no llamaban la atención de nadie. Salió corriendo sin robar nada, y fue a comprar el mismo ejemplar en una tienda de libros usados. ¡Qué me importa si no me aceptan! Pero después del rechazo fue a robar el libro, y un reloj, una cartera…

68

Se había opuesto totalmente a las visitas, iba a morir sola y sin espectadores. No obstante, sintiendo ya la muerte sobre su cuerpo, decidió arreglarse un poco y despedirse de sus amigas. Aún tenía fuerzas para maquillarse y hacer una última videollamada. La muerte interrumpió su último plan, y un periódico sensacionalista la etiquetó de: Vanidosa hasta la muerte.

69

En la víspera de su muerte, había mantenido su humor negro acostumbrado. Por supuesto, ella no sabía que iba a morir, tampoco había planeado suicidarse. Sin embargo, todos empezaron a encontrar respuestas a su muerte en sus últimas palabras, sus últimos recuerdos. El accidente había sido torpe, pero contundente, mortal.

70

Por más que insistió y volvió a explicar el robo de su bolso, el oficial no la dejó ingresar al teatro. En un segundo de rabia noqueó al policía, y entró corriendo hacia los camerinos. Una vez en el escenario, nadie sospechó de ella.

Piedras fundacionales

Con el tiempo, yo también creí que se trataba de un plagio, y empecé a sentirme culpable. Más. Furioso, incapaz de mirar mis textos sin desprecio. Agarré mi libro y empecé a desgarrar sus páginas, como si con eso pudiera limpiar mi consciencia. Sollocé sobre mi cama. Me adormecí entre lágrimas de rabia y dolor.

El alivió que sentí al despertar fue tan poderoso que no recordaba haber soñado. Miré por la ventana. El sol iluminaba todo mi departamento. Tardé en darme cuenta de que atardecía. Me dirigí al armario, me agaché y comencé a hurgar en el cajón sin buscar nada en especial. Había agendas, cuadernos, papel de cigarrillo y botellas de whisky vacías. Encontré una libreta pequeña y la saqué. A pesar de la ausencia de fechas, supe que se trataba de 1999, por las notas apocalípticas. Me entretuve leyéndolas, no por su agudeza o ironía, sino por su tono: era tan aburrido que ni siquiera me daba ganas de tirarlo a la basura. Un día llamó mi atención e interrumpió mis bostezo: lunes, 1999: ¡ya tengo mi libro! tiene un nombre, y todas las correcciones que he podido encontrar. mi hermana dijo que quería leerlo, pero creo que antes se lo enseñaré a –nombre inteligible-. este momento se merece un brindis!! Me quedé perplejo. Si entonces ya tenía listo mi libro, ¿cómo ahora, años después, podían acusarme de plagio?

Piedras fundacionales sonaba tan exquisito… ¿cómo podíamos haber coincidido en el título y los cuentos? El libro de Pwun Yhin era una traducción pero, ¿eso qué significaba?, ¿el traductor tenía estilo?, ¿el mío? El baño había aliviado en parte mi disgusto. Mientras me rasuraba, el espejo respondió a mi amargura.
– Pwun Yhin escribe basura; ya otros traerán nueva basura. Aún tienes oportunidades para ser leído.
– Nueva basura… mis textos ni siquiera llegan a ser…
– ¿Basura?, ¡correcto! Ahora por favor, abandona mi baño, que tengo ganas de brindar.

Y Pwun Yhin salió del espejo, botella en mano.

Yasunari Nakamura en Flickr
Yasunari Nakamura en Flickr

Días de peros

Foto de Timsamoff

1
No ha sido en la plaza sino en el parque, de nuevo a correr. Una persona, otra, otra, bocas y sonidos interrumpidos por colores. Brinco sobre basureros y esquinas, avanzando, avanzando… Mis prendas parecen arder contra mi cuerpo. Aterrizo con un gran salto. Tengo las medias húmedas, el cuerpo empapado en sudor… Busco a mi amiga en las bancas, en los columpios… No llega. Aprovecho para respirar y atar mis cordones. Ni bien asiento la rodilla, una mano aprieta mi hombro por la espalda y algo pincha mi vientre. Espero una patada, una amenaza o algo. Una pequeña mano hace girar mi cabeza, y reconozco a la agresora. Ni siquiera abro la boca y cientos de reclamos explotan contra mi cara. Respondo con muecas y gestos de dolor. Ella se enfada y se voltea. Me acerco despacio, decisivo. La abrazo mientras se deje abrazar. Atinamos a despedirnos (a oído ajeno, lo nuestro no parecería una despedida), se ríe y me grita: ¡mejor suerte mañana!
1’
Me bastó ver su espalda una vez más para decidirme a cerrar el libro. No consigo la canción, imposible culpar al ambiente por la torpeza de mis dedos. Ni siquiera recuerdo qué leía; el llamado de la música es más fuerte. Siento el llamado del baño, ¿en qué manos encargar esta guitarra para que no me quite espacio en el baño? Cuando empezó a dar vueltas, me decidí a pedirle su guitarra. Ni modo, al baño con todo esto. ¿Cómo!, ¡se lleva la guitarra!, ¡oye…! Y ahora… apenas puedo sentarme, no se diga alcanzar el… ¡no hay papel! Será atrevido golpear la puerta, pero en realidad necesito su guitarra: esta melodía no deja de vibrar en mi cabeza… ¿Oye, puedes prestarme la guitarra? ¡Claro!, ¿puedes pasarme papel? Claro, ¡gracias! ¡Gracias!

1’’
«estamos en Verde, µæĐœ llover con toda probabilidad» lee la niña antes de acostarse. La luz apagada, la cama mecida con el temblor ferroviario; oscuridad y movimiento, proliferación de sombras todopoderosas: Ayer bailaban bajo mis pestañas, y mis sueños si poder entrar, y la madre cubriéndose los ojos antes de apagar la lámpara, porque no quiere ver el vacío de su hija. Imagina una almohada, cortinas, una cama y una habitación que no está vacía. Lo ha inventado y memorizado todo, desde la forma del colchón hasta los lunares de la niña. Pero estamos en Verde, piensa la mujer, acariciando su vientre, la idea de un embarazo nocturno.

Entre las piernas

Y de repente la vitrina, la celda transparente de una mujer desnuda. Inmediatamente golpeé una de sus paredes. Intenté mirarla a los ojos, al tiempo que le señalaba una silla para que se siente. Ella río, empezó a acercarse. Di media vuelta y empecé a retroceder, esperando que alguien me pidiese que salude a la cámara escondida, pero en lugar de eso recibí varios dedos en mis ojos y en mis orejas. Por los chillidos, supe que se trataba de mis compañeras Hubo gritos, roces que se volvieron golpes… Y de repente siento un rayo en mi mano. Levanto el puño; me arde la garganta. Cierro los ojos en espera del golpe final, temeroso de abrir los ojos, volver a la realidad. Pero ya no había ni vidrio ni mujer.

 

Foto de Brave Heart

Jodidamente especial

La espiaba por costumbre, siempre sin tomar nota, siempre sorprendiéndome con su nombre. Nunca tuve la necesidad de recordarla. Compartíamos el hábitat, nada más. Fue… en un restaurante. Yo entré, ella se estaba acomodando en una silla. Después de reconocerla, salir hubiera sido una locura, así que salí. No nos conocimos por casualidad; lo mío más tenía de persecución que de ternura. Conocía sus costumbres y, como un ave de rapiña, me lanzaba junto a ella apenas la veía sola. Le silbé mis sentimientos pero nunca los entendió.
O quizás la había visto con anterioridad. ¡Qué inteligente!, exclamó al escuchar mi comentario sobre la película que estaba de moda. Yo no gusto de los halagos empecé a responder. Espera, me dijo, equivoqué el tono: Qué inteligente!
Me siento suave y oscuro, como un cachorro salvaje dormido sobre un escalón alfombrado y sin color. O ni eso. Me sentí especial… especialmente triste, y el cachorro que tengo al frente fue lo primero que encontré para compararme.

***

Hace un momento dejé su casa. Por rastro quedó una desnudez apenas cubierta por los restos de una sábana, zapatos de taco alto, una falda larga, almohadas, un encendedor, recortes de revistas, y la sangre que ha estado cayendo de mi brazo desde la cama hasta acá. Al frente, el perro despierta, babea excitado por mis heridas. Los ojos se me cierran. No recuerdo cuándo el perro empezó a lamerme, pero apenas se lo llevan, sé que lo sacrificarán. A mí también me llevan, pero quiero salvar su vida. Me arrojo de la camilla, y les muestro el arma homicida.

 

.

Foto de Coquí