Mi camino literario II

Este segundo paso en la escritura, lo di cuando conocí a un escritor de los Machete Rabioso.

Con lo genial que me resultó en su momento, me parecía injusto verlo ahí atrincherado en el Fondo de Lectura, un departamento del municipio que dejó de existir cuando murió su fundadora. Una triste muestra de la importancia que tiene la lectura para el municipio. Algo no tan irracional si recordamos que al gobierno nunca le conviene que el pueblo piense. En fin.

Sin insultarme – si lo hubiera hecho, igual hubiera continuado escribiendo- me hizo ver lo vacío de mis cuentos. Sí, vacíos. Párrafos, hojas llenas de palabras que en realidad no decían nada. Me hizo ver que lo importante apenas era un par de frases. Me hizo ver que todo lo demás, ni siquiera servía de basura, peor de adorno. Incluso fomentaba una tontería que usé durante cierto tiempo, sin saber por qué valía la pena utilizarla. Escribía las cosas tal y como se pronunciaban, supongo con algún pretexto literario que ni siquiera recuerdo. Por suerte, esa estupidez se me pasó, y hoy, mi ortografía se basa más en mis lecturas que en teorías y reglas que nunca fui capaz de memorizar.

Dar este segundo paso no fue una revelación literaria de la noche a la mañana. Tardé medio año o menos, no estoy seguro. Eso sí, ya no escribía las pendejadas que escribía en el colegio. Escribía, otras pendejadas que llevé a un par de talleres literarios. Y entonces, lo que para otro hubiera significado cierto parecido a la gloria, para mí no fue sino una crisis y una profunda decepción. Mis textos gustaban, y casi nunca me daban una buena explicación. Eso me molestaba. Yo esperaba poder conversar, así como hacía con mi mentor, pero aquí, parecía que todos querían gustar, resultar agradables para el lector. Desde ahí empecé a ir con menos ganas a los talleres. Iba, con la esperanza de aprender algo algún día. Pero sineceramente, lo único que aprendí ahí fue a ser tolerante y paciente.

Poco después entré a la universidad. Pasé un año asistiendo a talleres literarios porque tenía la leve idea de estudiar Literatura. Inclusive pagué para ir a dar el examen, pero no me presenté. Por ese tiempo pensaba, uno tiene que ser escritor todo el tiempo, y trataba de actuar así. Mi mentor era así. Siempre tenía respuestas humorísticas para todo, sin hacer muecas ni gestos adicionales. Siempre estaba listo para mirar la situación desde otro ángulo. Yo quise tener esa capacidad. Hoy, conociéndome más, siendo más honesto, he descubierto que resulto gracioso mientras no mencione el origen de mi humor. Una vez lo comenté y todo fue caras largas y miradas esquivas, pese a que yo seguía sonriendo. Otra reafirmación de que esas cosas es mejor escribirlas en mis diarios.

Los cuentos de esa época, podían referirse a ciertos sectores de la ciudad, a situaciones de mi vida o de cualquier vida. Algunos de esos textos se salvaron. Si no enteros, se rescató su título. Sí, estos textos conformaron otro centenar de historias. Y, nuevamente, otra chica fue la principal fuente de mi motivación literaria. Creí en el poder de la literatura ¿romántica?, y le escribí y entregué varios poemas (¿20?), e incluso, un remedo de novela, que más parecía la adaptación de un filme de Hollywood al entorno local. Más que para conquistarla, mi fin era eliminar la brecha entre nosotros, con palabras escritas, que siempre han sido mi fuerte. Nunca hablamos sobre sos textos. Tampoco se lo pregunté. Creo que se los di el último día de clases o algo así, consciente de que no nos volveríamos a ver.

Durante este segundo paso, era como esos escritorzuelos que escribían con la típica dedicatoria para el amigo, la madre, etcétera. Ya no hago esas cosas. (Bueno, solo hay una excepción, y para escribir esa historia me demoré meses). Inclusive, quería escribir mi perspectiva de la ciudad en que vivo, sin mencionarla pero esperando que alguien la reconociera. Eso fue lo más parecido al patriotismo que sentí alguna vez y que ahora repudio.

Durante ese paso, quería tener un estilo. No pensaba en MI estilo, sino en alguno de los ismos. Se clasificó mis textos como surrealistas y patafísicos. Hoy, no me importan la clasificación que me pongan. Mi única preocupación es escribir bien. Cuando estuve seguro de eso pude dar el siguiente paso.

Escogí mi camino literario solo, con mis propios fines literarios.

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