Reencuentro

Estaba ahí, solitario y mugriento, como si esperase al vagabundo indicado. Los recientes fríos habían endurecido las suelas, preservando la comodidad interior. Su refugio, un pequeño espacio entre un arbusto y los restos de una vereda. Un pequeño tesoro, a la vista de un gato o un cachorro. La punta redonda, capaz de relucir con apenas un poco de agua. La suela, negra. Tonalidades de café se esparcían por el resto del zapato, rastros de una moda perdida. La oscuridad del cordón parecía salida de la mugre, no de una combinación de pigmentos de fábrica. Conservó el cordón y conservó el anonimato hasta que una madrugada llegó gateando un borracho. De vagabundo tenía el olor y las ropas, nada más. Bastaba ver las etiquetas para saber que era un borracho millonario. Excéntrico, a juzgar por la combinación de prendas: sobre su cabeza, apenas quedaban los restos de algún sombrero y un chaleco; arrastraba una delgada gabardina; del pantalón, continuamente se le caían pedazos diminutos; una brillante corbata azul dotaba de elegancia a todo su conjunto. No se dio cuenta de que estaba gateando, pensó que se había agachado a vomitar, aunque no tenía náuseas. Temía que el vómito llegara de un momento a otro, así que siguió avanzando. Cogió el zapato como quien encuentra al primer amigo, se lo puso en el pie desnudo y por fin se levantó.

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Y a continuación un cortometraje de Chaplin sobre otro borracho:

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