La muñeca

Me la habían descrito tantas veces que mostrarme su fotografía fue redundante. Ahí estaba el vestido celeste, los zapatitos negros, el moño… lo sorprendente fue la ausencia de la sonrisa infinita y sus ojos apuntando al cielo. No voy a decir que no esperaba con ansias su llegada. La primera vez que me hablaron de ella, mamá tuvo que golpearme varias veces para mantenerme despierto. A la tercera o cuarta ocasión ya ponía atención a los detalles. Inclusive pedía más información, como si fuese una historia a la que podía inventar un final. Todo cambió con la posibilidad de verla en vivo. De repente me cansaba de leer sobre el sofá, y me descubría migrando hacia otros asientos, otros suelos. Entre lectura y lectura, dejé un rastro de migas y tierra. Fue un mal hábito que perdí apenas mi madre sacudió su índice frente a mí. Estaba recogiendo las migas cuando la oí gritar de alegría. Tomé aire, limpié mis manos contra el pantalón y caminé hacia la sala, disimulando mis temblores. Mamá tuvo que empujarme para devolver el saludo. Me habían hablado tanto de ella, pero sólo ahora comprendía su tamaño. Era tan pequeña, muy pequeña. Era…  una muñeca muy grande. Y de hecho cuando quise tocarla, mi madre se interpuso en mi camino, sin quitar la vista de su hermana. Ve a jugar con ella, dijo mi tía. Yo no juego con muñecas, empecé a decir, hasta que la muñeca me guiñó un ojo.

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