Mujer, ¿qué hacías entre tantos hombres?

El origen de este cuento es Raymond Carver y su libro Haz el favor de callarte por favor. Ese libro me influyó por completo y… me salió la primera versión de este cuento. No sabía que Carver usaba el realismo sucio. Me encantó y lo imité con todo éxito. Pero luego me pregunté, ¿pensarán en mí o en Carver al leer este cuento? Así que lo reescribí un par de veces, hasta mantener la historia y conservar mi estilo.

Ignoré al conserje y su paraguas. Corrí al segundo piso, entré a mi departamento patinando, tiré mi abrigo, mi camisa, un zapato, luego otro, y así hasta llegar al baño. A excepción de las medias, todo salió con facilidad. Estaba sentado sobre el inodoro estrujando las medias cuando descubrí un papelito estampado en la puerta: Hoy también voy a llegar tarde. Besos. Sobre besos había una huella labial. Eso me puso a pensar: si ella besó el papel con anterioridad, ¿para qué escribirlos? Analicé mi día bajo la ducha: café derramado, una falda peculiarmente corta, un pie sin media ni zapato, y el carro que casi compro. Hoy me despidieron. Sin violencia, sin complicaciones. Despegué la nota al salir del baño.

Una vez en el cuarto, busqué una caja pequeña en el armario del rincón. Ahí estaba el resto de notas amarillas. Luego de cubrirme con una toalla, me senté sobre la cama, encendí la lámpara y me puse a pensar en la primera nota. Manoseé los papelitos sin fecha, y se me ocurrió clasificarlos por su aspecto. Hoy también voy a llegar tarde, repetí en mi cabeza mientras dividía las notas entre nuevas, viejas y sucias. Más tarde tuve además dos grupos de suciedad, uno legible y otro colorido y borroso. Comparé notas. Las frases iban desde ¡A mí también me gusta mi cuerpo! hasta no sé si hoy es martes o miércoles, así que dejémoslo para el lunes. Un potente estornudo dispersó las notas de mis manos. Apenas quedó una: No voy …sola… mujeres no cover. Escuché ruidos en la puerta mientras me sonaba la nariz. ¿Mi mujer peleando con la cerradura?

Su estado etílico no es el que imaginaba. Por lo menos me reconoce y me deja llevarla en brazos a la bañera. Cierra los ojos, pestañea, mueve las mejillas y enseña los dientes como si sonriera. La desvisto desde los zapatos hasta los aretes, al compás de su risa entrecortada. Abro el grifo tras su cabeza, se estremece, calla, se levanta y ¡huye! Me adelanto al cuarto, estrujo las notas devolviéndolas a su caja (sus palabras se mezclan en mi mente: lo siento, happy hour de mediodía, hubo amor), oigo estornudos, ¿dónde hay toallas?, ¡maldita sea no hay toallas…!
***
– Otras veces has llegado más tarde.
– ¡No sabes qué hora es!, ¿cierto?
Arroja la toalla antes de acostarse. Una luz anaranjada me dice que la medianoche ya ha terminado, y nosotros recién acostándonos. Miro por la ventana.
– Mujer, ¿qué hacías entre tantos hombres?, digo sin mirarla.
– ¡No fui a un bar!, responde antes de reír. Afuera, un carro acaba de partir.

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