A. I. (encuentro cercano)

-Voy a salir…
Para salir -comento- primero tienes que estar en algún lugar…
-Ay. No. Quiero decir que, cuando lleguemos, voy a salir.

Podría decirse que camino sus pasos: ella avanza despreocupada de sus pies. No recuerda que ha tropezado más diez veces, y aún no llegamos a casa.
-¿Con quién conversas?
Contigo, le respondo.
-Sí, ¿pero con quién!

Su risa no sale, ¿debí reír su pregunta? Pienso frases y gestos que tampoco ocurren, esforzándome por no tropezar. Mis dedos se enfrían en su mano. Otro silencio. Entre tararear una canción o conversar, volteo la cabeza y descubro que sonríe. Piso un chicle sin dejar de mirarla. Ella inclina la cabeza; sus labios tiemblan. ¿Está sonriendo una mueca?, ¿oculta el temblor de sus dientes?

Magdalena Roeseler en Flickr

-¿Cómo me llamo?, pregunta en tono alegre, mas desafiante.
No estoy tan distraído, respondo amenazándola con el índice: Ai.
-¡Qué?
A.I. … ese fue el nombre que dijiste. Al siguiente pestañeo desvía su mirada. Acelera el paso. Pienso los posibles argumentos para este nuevo silencio:

  • Ella también se percató del crepúsculo.
  • La calle no es lugar para conversaciones domésticas.
  • ¿Se molestó conmigo?
  • Todas las anteriores, más el temor de ser seducida hasta el bar más cercano.

-Mañana te espero en la casa, dijo deteniendo un automóvil en cuyo asiento delantero le esperaba un abrigo. A modo de mano, nos dimos las despedidas.

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