Cuando el dinero atraviesa al ser humano (parte 1)

Ensayo basado en El jardín de los cerezos, comedia de Anton Chèjov

El dinero siempre es bien apreciado por la humanidad. En abundancia, puede despertar la virtud o la corrupción. La riqueza puede servir de trampolín hacia el cumplimiento de grandes propósitos, o un ancla que reduce al ser humano, a un simple ser instintivo. Al parecer, al dinero se maneja con la cabeza o con el corazón. Resulta interesante y agradable que se use el humor para hablar sobre la convivencia con el dinero. Digo convivencia, porque el dinero no hace la vida, pero está presente en el camino hacia la muerte. Aún más en el caso de existir en sus extremos, como pobre o multimillonario.

En el primer caso, la pobreza enfrentará al ser humano, y, dependiendo del resultado, forjará tal o cual persona. Un digno ejemplo a seguir, o la más vil de las lacras. En el caso del multimillonario, el dinero puede financiar sus fantasías, caprichos… y, como sujeto público, tanto si es altruista como pervertido, el mundo hablará de él. En el pobre, la convivencia con el dinero se rige por su escasez, y en el millonario por su abundancia. Y en ambos casos, el cambio de naturaleza afecta, trastorna al ser humano. El jardín de los cerezos cuenta ese cambio, el de una terrateniente que pierde su dinero y su prestigio social.

epSos.de en Flickr
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Gracias al humor, el desenvolvimiento de la historia no es una lectura lacrimosa, sino una experiencia agradable y extemporánea, pues se adapta a las condiciones sociales del ser humano sin importa el tiempo de quien lee. Andréievna Ranévskaia, la terrateniente, es el eje alrededor del cual giran los demás personajes, cuyas particularidades dotan de hilaridad al relato. Y todas, en mayor o menor medida, se diferencian por cómo hablan sobre su economía, cómo la administran o extrañan. En ellos se ve cuándo el dinero es administrado con la razón o el corazón.

Aunque se ignora toda la infancia y juventud de Andréievna, se puede deducir que tuvo una vida cómoda, sin precariedades. Y sin preocupaciones sociales, pues la familia no se interesaba por la gente, salvo cuando ésta admiraba su jardín, y, comentando su belleza, esparció su fama por toda Rusia. La constancia de este confort aristocrático, se evidencia al conocer su reacción ante la muerte de su hijo. Andréievna no fue víctima de alguna terrible depresión, psicosis o trastorno semejante. Se puede imaginar que tuvo un sufrimiento privado, cuya resolución fue irse de viaje. No obstante, lo que podría interpretarse como un viaje de descanso y alivio, pierde valor frente al destino que elige.

Andréievna no viaja a una playa desierta, ni busca una montaña solitaria, o algún paisaje quieto, frondoso, apacible… Entre todas las rutas imaginables, accesibles a su clase, elige París. La elección de esta metrópolis concuerda con las maneras de pensar y sentir de Andréievna. Sumada a la pérdida de su hijo, está el desplazamiento de su clase social. Su viaje a París es un privilegio que se otorga, con lo cual deja clara la diferencia entre ella y quienes simplemente visten como aristócratas, pero no se permiten semejante destino.

 

 

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