Una relación público-privada

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(esta coma va dirigida a la persona encargada de leerte tu carta, quien pronuncia calle Trices sin recordar nada, y no le llama la atención la exactitud de mi fecha: cuarto de hora para el quince de junio, bajo las iniciales A. I.).

Te escribo durante uno de mis ataques de soledad, sin intenciones de culparte o pedir socorro. Probablemente mis palabras en voz ajena te traspasan y llegan a cualquier oreja. No necesitarás una relectura; bastará preguntar por mí a tus compañeras. De antemano descarto la posibilidad de una cita: ahora nuestros tiempos son incompatibles: mis momentos son escribir, dibujar, madrugar y comer; tus momentos los ignoro. A lo mejor uno de ellos está naciendo en una de tus extremidades, roza a alguien y se vuelve un instante ajeno.

Llevas más de una semana sin acabar de escucharme, y en tu piso ya todos conocen nuestro asunto, tanto quienes te leyeron mi carta, como quienes simplemente escucharon. Conversan sobre nosotros por todo el edificio y nosotros aún no terminamos. Sólo los desocupados están dispuestos todavía a continuar nuestra lectura, y ahora, la carta ha vuelto a mis manos, y soy yo quien te la leo mientras sales al baño… regresas, decepcionada incrédula, no sabría decirlo, atiendo tu estornudo, aquí tienes papel…
– Gracias, ¿puedes indicarme donde te quedaste?
-Sigo aquí…

Steve Parker en Flickr

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