La persistencia de lo demoníaco (parte 1)

Ensayo basado en Maestro y Margarita, novela de  Mijail Bbulgakov

La dualida del ser humano es inmanente a él, existe sin comprometerse con ninguna religión. Hablar de bien y mal es limitar innecesariamente esta dualidad y servirse de prejuicios antiquísimos. Lo dual se manifiesta por oposición entre eros y tánatos, creación y destrucción; ambos, opuestos y necesarios para la existencia del otro. (Por ejemplo, si existe lo santo, es gracias a lo  demoníaco; mientras este persista, lo santo también perdurará). La dualidad humana explica su  actitud, comportamiento o gestos que atentan contra lo lógico o lo convencional. Si alguien resulta contradictorio, heroico o villano ante el ojo público, nada garantiza que siempre será visto igual. Tal es el caso de Voland, un diablo que, en su afán por hacer el mal, termina haciendo el bien.

Así es el Diablo que presenta Bulgakov en Maestro y Margarita. Si bien Voland lleva en sí todo el peso que su nombre conlleva, no es el clásico Diablo. De entrada se nombran sus diferencias, lo cual sugiere al lector que la presencia diabólica que encontrará a lo largo de la novela, no será la tradicional, aquella usualmente promovida por alguna religión, con matices de culpabilidad y castigo: “… el hombre descrito no cojeaba de ningún pie, no era ni pequeño ni enorme; simplemente alto. En lo que se refiere a su dentadura, tenía a la izquierda coronas de platino y a la derecha, de oro. Vestía un elegante traje gris, unos zapatos extranjeros del mismo color, y una boina, también gris, le caía sobre la oreja con estudiado desaliño. Llevaba bajo el brazo un bastón negro con la empuñadura en forma de cabeza de caniche. Aparentaba cuarenta años y pico. La boca, algo torcida. Bien afeitado. Moreno. El ojo derecho, negro; el izquierdo, verde. Las cejas, oscuras, y una más alta que la otra. En una palabra: extranjero.”

Esta descripción (también tiene una ceja encima de la otra) descubre cierta dualidad de Voland, la cual se explica muchísmo más adelante: los ojos, el uno verde, el otro negro:“ Dos ojos se clavaron en la cara de Margarita. El derecho (… ) atravesaba a cualquiera y llegaba a lo más recóndito de su alma; el izquierdo -negro y vacío- como una angosta entrada a una mina de carbón, como la boca de un pozo de oscuridad y sombras sin fondo.” ¿No es esta característica un gran acercamiento hacia lo humano, y cierta separación de lo divino? El ojo que lo atraviesa todo imita la capacidad de ser prejuicioso contra una persona desconocida. En Voland, la habilidad se multiplica, pues ve lo que sucede en el interior de la persona; en el humano, este don existe en una porción mínima, en forma de empatía.

Cortesía de Fotografía Rocío PH
Cortesía de Fotografía Rocío PH

 

Continúa en Parte 2

 

¿Sin comentarios?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s