La persistencia de lo demoníaco (parte 2)

(Viene de la parte 1

Bill McIntyre en Flickr
Bill McIntyre en Flickr

Por supuesto, los prejuicios de la época de Maestro y Margarita tienen fundamentos distintos a los de ahora. Era el poder, la autoridad la que decidía con quién tratar y con quién no, y a través de su propaganda, insertaba su mensaje en los ciudadanos, quienes reproducían los prejuicios del poder. Nadie despertaba tanta sospecha o curiosidad como un extranjero, prejuicios creados por Stalin, para aislar a la Unión Soviética y fundar el socialismo. Extranjero podía significar alemán, o tonto por el simple hecho de no hablar ruso.  Fuera de la marcada diferencia entre uno y otro ojo, el parecido entre Voland y los humanos se acentúa cuando se presenta a Berlioz y Desamparado, y se comporta en forma contradictoria: hipócrita, astuto, sin dejar de dar impresión de nobleza y generosidad. ¿Acaso esto no se relfeja el aspecto erótico y tanático del ser humano?

Retomando lo mencionado sobre los prejuicios, se pueden encontrar dos explicaciones para la dualidad de la mirada de Voland: su ser está formado por dos visiones: la suya propia, y el prejuicio que tienen sobre él los ciudadanos moscovitas. Voland es parte del plan divino, puesto que la voluntad personal no basta para mantener el orden de la tierra, y dirigir su vida:“-Perdone usted-, dijo el desconocido suavemente -, para dirigir algo es preciso contar con un futuro más o menos previsible; y dígame, ¿cómo podría estar este gobierno en manos del hombre que no sólo es incapaz de elaborar un plan para un plazo tan irrisorio como mil años, sino que ni siquiera está seguro de su propio día de mañana?”.

Y para los rusos, Voland es un ser que escapa a su desesperada necesidad de raciocinio, razón por la cual, antes de juzgarlo como Diablo, todos se ven forzados a dar explicaciones incoherentes, que no conmueven ni impresionan, sino que justifican su ingreso al sanatorio. Voland es un Diablo no renocido como tal, a excepción de Margarita y el Maestro hacia el final de la novela. Como se demostró con anterioridad, lo demoníaco de Voland no está en su singular ser, pero sí en su actuar. Construye un pequeño infierno en Moscú, desencadenado por las acciones de su séquito, a partir de la avaricia moscovita y su instinto para sobrevivir durante el cambio. Su participación es a través de observaciones puntuales, preguntas simples pero pertinentes.

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