Una rosa para el silencio

Al principio creí que eran tus orejas. Entonces dejé de atender tus pies, cuyos movimientos aún me eran incomprensibles, y dirigí mi tención a tus orejas, casi siempre escondidas bajo/entre/por todo tu cabello. Empecé a mirar tus orejas como quien cuida un huevo al filo de la mesa; concentrado, sin pestañear, convencido de la caída conjunta del huevo y el párpado. Yo no cuido tus orejas para evitar su pérdida en lo profundo y superficial de tus cabellos. (Confieso en esta oración, mi temor a tal acontecimiento, durante una noche donde ya esté dormido, quizás soñándote, quizás salvándote a mi manera, anónima y escrupulosa). Evitar tus pies y apuntar mis ojos a tus orejas sin interrumpir tu camino, no es demasiado complicado. Se me ha vuelto más natural que sonreír por el sol. Cuando solía observar tus pies, imaginaba que no te pertenecían, o que habías cambiado los tuyos a causa de la fatiga. Eran tan danzarines, y como jamás te vi bailar, se me hacía difícil imaginarme la conexión entre ellos y tus orejas. Ahora atiendo tus orejas con afán incomprensible. ¿Qué hay entre tu silencio y tu oído? Alguna tarde dejaré de mirarte, hoy no. Hoy retiraré mis huellas de los escondites donde solía espiarte. El eco de ninguna parte te dirá el te quiero que quieras escuchar. Te negaré inclusive de tus fotos, y acostumbraré mi corazón a tomar tu nombre cual si fuese una palabra extranjera. Pero sí me atreveré a dejar la flor que saldrá de esta semilla, esperanzado en que ella atravesará tu silencio.

Photo credit Frank Vincentz

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