A pasos de gigante

Foto de louisa catlover

Al principio el niño no supo cómo reaccionar. Sintió algo extraño y contuvo el aliento. Sus manos se habían vuelto enormes, al igual que sus piernas y el resto de su cuerpo. Golpeó su cabeza contra el tumbado al saltar de la cama, como era su costumbre. No tenía que erguirse demasiado si pretendía salir caminando del cuarto. Pasó frente al espejo, donde apenas cabía su cintura. Con la cabeza entre sus hombros y un poco jorobado, salió entre risas, dispuesto a dar una paliza a sus padres. Para su mala suerte, la madre es la primera en interrumpir su camino. Se queda sin reacción ante su hijo gigante, sin oponer resistencia a la trituración de su cuello. El resto de su cuerpo sube y baja, sube y baja según la voluntad de la pequeña mano gigante. La madre hecha pedazos queda atrás y el niño busca al padre. Se agacha para avanzar con comodidad,  empieza a gatear. Huele al padre apenas ingresa a la sala. Ve su espalda y escucha su risa. Avanza, avanza. En una de sus risas, el padre lo sorprende al girar sobre su asiento. La cara de su hijo frente a la suya lo congela de terror. Sacude brazos y piernas como si temblara, ante lo cual el niño grita en su defensa, y su rugido sacude la habitación y estampa al padre contra la pared. Permanece en ella durante unos segundos,

y

cae

.

.

.

sobre una muñeca despedazada. Las figuras de acción reciben una y otra lágrima, sujetadas en las manos de un gigante precoz.

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